Escrito autobiográfico.
(perdonad las faltas de ortografía. Pertenece a un escrito de mi diario a los 17 años.
*Querida Amy*, así llamaba al invisible destinatario de mi primer diario. ( 9 años hasta los 18)
Querida Amy;
Recuerdo el olor.
Inconfundible.
Incienso mezclado con brisa, aquella que desprenden las flores una tarde de verano.
Me presento, se presenta.
Muy amable, me pareció para tener tanto dinero,
mejor así, pensé para mis adentros.
Me enseña la casa, mejor aún, la cocina.
En ella me esperaba un delantal, unas cuántas instrucciones
e ingredientes de todo tipo. De los mejores.
Nunca había visto tanta verdura junta cosa que me alegró.
Nunca había visto la cocina de alguien tan importante pensé también…
Cuchibaches de todo tipo,
cuencos de barro difíciles de conseguir aquí..
Ahora el olor era bien distinto.
Olor a albahaca, tomates, orégano y sobretodo a mozarella. Mmm, qué delicioso.
Me dice que ella y su marido viajan demasiado y que compran objetos sin sentido alguno. Me lo dice cuando intenta buscarme un mantel especial y yo veo que el cajón esta a rebosar.
Te gusta la música? Si digo yo.
Qué escuchas? Me pregunta.
Bueno, la verdad es que a lo mejor soy algo rarita para mi edad pero suelo escuchar ópera (clásico) y jazz.
En serio? Perfecto!, tengo unas piezas que te encantarán.
Apaga las luces, enciende una lámpara preciosa y unas cuántas velas.
Y pone a todo volumen una melodía preciosa, todavía la recuerdo, digo, la melodía pero nunca logré encontrar el autor (según ella fue de una famosa cantante de ópera que conoció cuando vivía en Praga.
Partimos los ingredientes según sus instrucciones. Y es que el arte culinario es eso, todo un arte. Cortamos las patatas de una forma milimétricamente pensada. No es difícil y ella sonríe al ver lo sonrojada y patosa que me vuelvo por momentos.
La olla ya empieza a hervir y se dispone a sacar de una caja unos "penne rigate" perfectamente guardados.
Me explica trucos para que una pasta esté en su punto. Ni más ni menos, al dente.
Preparamos la terraza. El mantel, una vajilla que me fascina porque no se ve muy elegante, sino más bien rústica.
Empieza a oscurecer y solo se escucha la música, unos cuantos grillos y mi respiración pausada a la vez que entrecortada.
Mientras ella se prepara, yo voy limpiando un poco la cocina. De repente algo me pasa encima de los pies.
Lo dejo pasar.
Pero otra vez! Qué pasa?
Baja totalmente inmaculada y preciosa de las escaleras con un atuendo que me sorprende a la vez que me fascina. Una especie de túnica blanca de seda. Y solo lleva un brazalete hermoso en su muñeca. Huele bien y va descalza.
Y ve mi cara de sorprendida y me dice que no me asuste
que lo que me había pasado por encima eran nada más que unos ratoncitos pequeños del campo.
Nos reímos.
Y me enamoro. De esa casa, de ese momento,, de la comida, los olores, la paz, el ver que no todas las personas con alto nivel social, por así decirlo, son estúpidas y egocéntricas.
….
Me cuenta que ha viajado por todo.
Budapest, Alemania, Suiza y durante los 11 últimos años en Italia. Allí es donde aprendió a cocinar como nadie un buen plato de pasta.
Me dice que cuando vienen invitados, sea cuales sean siempre prepara las mismas recetas, dos diferentes. Uno se come frío y otro caliente.
Me dice que es traductora y a la vez dobladora de películas en varios idiomas. Su marido, es el director de un conocidísimo periódico a nivel nacional del que por supuesto no voy a desvelar.
….
Y sigo fascinada.
…..
Tengo 16 años. Desde los 14 cuido niños. Algunos niños son fijos pero otros no. También soy profesora de repaso.
Todos mis “alumnos” son extranjeros. He hecho de todo; cuidar a 3 niños pequeños llorando a la vez,
Planchar la ropa de mis tres niños por excelencia y de los modelos del padre cuando era época de sesiones fotográficas.
Limpiar el jardín,
ser cazada (literalmente) por uno de ellos con un instrumento creado por el (con solo 5 añitos)
Barrer las hojas que por desgracia caen continuamente en sus grandes e inmensas terrazas,
Quedarme sin fines de semana durante muuuuchos años cuidando y velando por los peques.
Pero nunca había sido ayudante de cocina de alguien tan especial.
…..
Llegan los invitados…
Todo es perfecto. Velas por doquier, olor a incienso y vino, mucho vino rosado para tan delicioso plato.
Yo me quedo en la cocina. Su marido entró hace poco y es algo serio.
No es muy hablador.
Vienen personalidades tan importantes que enseguida me preocupo por mi vestimenta.
Ayudo a colocar los platos, ella me ofrece dos. Para que pruebe sus 2 recetas.
Están exquisitas!!
Risas, conversaciones en todos los idiomas posibles y cuando termina la cena, todos amablemente me dicen que quieren ayudarme, que todos tenemos que arrimar el hombro. Yo les digo tímidamente que no por favor. Y ellos insisten a la vez que me preguntan por la edad, por un sinfín de preguntas nada superficiales.
Me quedo secando las últimas copas de vino y de repente suena una música.
Guitarra. Los acordes de una guitarra.
Era una noche de verano, los grillos sonaban sin cesar y se callaron enseguida al escucharla.
Eran cantos de sirena.
El pueblo permanecía dormido.
Yo sentí pese a mi temprana edad que era el día más feliz de mi vida.
Volví al año siguiente una vez más.
Se mudaron,
No sé donde están, ya no supe más de ellos.
Cada vez que paso por ese lugar veo a una niña de 16 años cruzando el umbral de esa casa con lagrimas en los ojos.
Lloraba porque era feliz. Porque tenía planes de futuro,
Porque a medida que se desprendía de aquel lugar
una parte de ella
se aferraba a aquella casa.
Una parte de ella quedó encerrada en esas notas
de alguna famosa soprano,
en esas hojas de albahaca recién cortadas,
en esas risas,
en el alma de un pequeño e insignificante ratón
que vivía en su cocina.
Lorena Arance.
Capdellà a 17 de agosto de 1998