Acallar el ruido, para empezar a escuchar el silencio.

Mucho antes de llegar la fotografía a mi vida, estaba la escritura. Podría decir que los libros fueron los primeros, pero creo que una cosa llevó a la otra y para mi iban unidos de la mano. Una buena lectora es una escritora en potencia. Y es que el rico vocabulario, las experiencias y matices que descubres al zambullirte en los libros, te regala ese don. Pero debes practicar, fomentarlo. Si no lo haces, ese don se diluye, pierde forma.

A mis 15 años mi sueño era ser escritora pero no sabía de qué. Y a mis 20 tenía una carpeta llena de escritos lo más variopintos posibles. Todos en primera persona.  Había poesía, relatos cortos. Incluso trabajé en la creación de una revista mensual para regalar gratis llamada “el círculo de bloomsbury” en honor a mi querida escritora Virginia Wolf. No había ni un solo día en el que no dedicase una hora (en realidad eran varias) para estar en silencio en mi escritorio y casi siempre con una taza de te con leche caliente  a mi lado. Algunas veces mi querida Laika dormía sobre mis piernas, otras me acompañaba cerquita en la cama. Ella me miraba absorta, otras dormía. Nunca estaba sola.

Cuando en casa había mucho ruido, ponía música. Tenía una amplio repertorio, pero digamos que nunca fallaba Josh Groban que me ayudaba a deslizar mi bolígrafo  por el papel más fácilmente, o la voz especial de Jewel con su música country o mi descubrimiento por aquel entonces: Secret Garden. Una melodía tan sumamente triste que no sé porque pero conectaba automáticamente con mis sentimientos. Lograba sacar de mí todo lo que me atormentaba. Si, era muy joven, pero en ese momento no estaba pasando por una buena época. Creo que el pasarlo mal hizo que descubriera la lectura y por ende la escritura.

Y es que las malas experiencias te enriquecen.

Siempre tuve un mundo interior muy rico y encontré en la escritura un medio para poder expresar al exterior todo lo que hervía dentro de mí.

La escritura es humilde. No necesita un inmediato feedback.  Y te hace ahondar en tu parte más profunda desde el silencio, la paciencia. Hay que ser constante. Es un regalo, un momento que te dedicas a ti misma. Y en esa intimidad te descubres y te basta para ser feliz.  Ayudas a mantener a raya esos pensamientos frustrados, ese desasosiego interno. Es una terapia continua que nunca resta.

Suma,

siempre.

Recuerdo mi último escrito. Se lo dejé a escondidas en el buzón a mi Directora del colegio con la esperanza de que lo leyera.

Era anónimo. Creo que hacia unos 1o años que no la veía. Tenía una tremenda urgencia en expresarle mi agradecimiento. Darle las gracias porque, pese a no ser la mejor alumna, ella supo entender mi naturaleza. Pausada y constante. Me importaban los detalles, no el resultado inmediato. Y ella lo valoraba. Había llegado  a la Universidad pero no era feliz. Quería expresarle tantas cosas, pero especialmente agradecimiento por mostrarme el amor por los libros.

No supe de ella en unos años más.

Solo cuando un día repicaron las campanas de la iglesia del pueblo y me enteré que había fallecido.

Y después de la ceremonia, un profesor se acercó a mi y me dijo:

“Lorena, ella sabía que habías sido tú. La de la carta. Ella nos habló de esa carta. Sin duda eras tú. Gracias.

Se sintió muy orgullosa”.

Llevo en la fotografía desde 2007, justo el año en el que dejé de escribir de forma continua.

Encontré en la fotografía otro medio de expresión que me atrajo inmediatamente. De repente me di cuenta de que era buena captando lo que sentía  a través de una imagen.  Dejé de escribir un día, luego semanas, meses  y años.

Casi 11 años apartada de la escritura. Ya se me olvidó. Se me olvidó que quería  ser esa escritora, me olvidé de encontrar las palabras exactas y llenas de matices para explicar lo que siento. Ahora soy repetitiva, pobre en el vocabulario, plana.

Durante años me he dedicado a encontrar esa esencia perdida a través de la fotografía.  Pero nunca la llegué a ubicar.

La fotografia me llena. Pero al cabo de un rato esa alegría se esfuma.

El poder de unas palabras sinceras calan hondo, transforman. Revuelven tu interior, ayudan a sanar.

Hoy en día estamos sobresaturados de imágenes preciosas que ya no dicen nada. Y yo misma he sucumbido a ella.  La fotografía te hace estar alerta a la novedad, al gustar. Posee otros códigos, te hace correr, buscar un fin en lugar de pasearte por ese camino. Queremos resultados inmediatos.

Y la escritura es realmente sencilla. Algo tan simple como una mesa vacía con un cuaderno, un bolígrafo y una taza de algo caliente se puede convertir en un momento místico.

En un mundo de prisas, de incertidumbres, de una constante evolución a la que a veces me cuesta seguir el ritmo,

mi cuerpo me pide parar.

Necesito practicar, leer, volver a aprender.

Y parar este ritmo frenético de mi interior que me pide mostrar lo que hago para sentir que “¡ey, estoy aquí!, sigo viva, no me olvidéis” como si el mundo internet fuera la única realidad que existiera.

Me va a costar retomarla. 11 años son muchos años. No creo siquiera que mantenga esa habilidad. Pero es un trabajo interior que vale la pena intentar.

Lo que más me va a costar es aprender  a crear desde el silencio cuando mi interior está  lleno de mucho ruido.

Quiero y deseo acallar este ruido.

Hay que intentarlo.

Acallar el ruido, para empezar a saborear y escuchar el silencio.

 

 

 

 

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2 comments

  1. Maria says:

    Suerte con tu reto Lorena! A mi leerte me acalla el ruido y me transmite mucha calma.gracias

  2. Erika says:

    Qué palabras más bonitas Lorena, es increíble la capacidad que tienes para Transmitir. En mi opinión, no has perdido habilidad alguna. No dejes nunca de crear, eres una fuente de inspiración continua. A mí leerte también me acalla el ruido y me hace mucho bien. Besos!

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